El confuso mundo de la leche

El confuso mundo de la leche

 

Parece que hay que marcar días al año para poder apreciar las bondades de los alimentos. Como el pasado día 1 de junio, Día Mundial de la Leche, establecido por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) con el propósito de incentivar el consumo de productos lácteos en todo el mundo.

Pero la controversia sobre el consumo de leche está en auge. “Que si me sienta mal”, “que si me genera gases”, “que si somos el único mamífero que después del destete consume leche”, “que si es bueno para los huesos“, “que si fermenta en el estómago”, “que si da dolores de cabeza”,… y un largo etcétera.

A casi todo el mundo le sienta mal la leche y la retira de su dieta, pero no tiene reparo en comerse un croissant de chocolate. Habitualmente, estos alimentos no son retirados de su estilo de vida ya que ingerirlos no supone síntomas en el momento, pero sí a largo plazo y, además, más perjudiciales para la salud.

Porque a una persona le siente mal la leche no es adecuado realizar conjeturas al respecto. Es erróneo individualizar la respuesta, para ello es necesario justificarlo con una evidencia científica.

La leche tiene en su composición un azúcar llamado lactosa. Para digerirlo, es necesaria la presencia y la actividad de una enzima llamada lactasa. Es por eso que ciertas personas no toleran adecuadamente el consumo de leche pues no segregan siempre una cantidad suficiente de esta enzima.

Esta situación se conoce como intolerancia a la lactosa. Si no se digiere bien, la lactosa de la leche llega al intestino y, una vez allí, las bacterias intestinales naturales se aprovechan y producen alteraciones gastrointestinales.

Esta explicación científica es lo que sucede de manera natural en nuestro organismo. Pues bien, la publicidad aprovecha estos argumentos para confundir a los ciudadanos sobre el consumo de ciertas leches sin lactosa o de fácil digestibilidad.

Lo que sí es cierto es que existe una pequeña tolerancia individual. Se puede digerir la lactosa correctamente hasta cierto umbral. De ahí que una persona tolere un vaso, dos vasos o un simple trago. Esto se debe a la síntesis de la lactasa, que es un sustrato dependiente. Es decir, se segrega tanta enzima como consumo de leche se realice.

Si se interrumpe la ingesta, es posible que se tenga una predisposición futura a padecer intolerancia porque el intestino se vuelve algo vago y se acostumbra a no sintetizar la enzima cuando no se consume la leche. Si pasado un tiempo se decide volver a ingerir leche, es probable que no se digiera tan bien como se hacía al principio.

Existen otras alternativas para consumir lácteos como son la infinita variedad de quesos, los yogures o el kéfir, entre otros.

Así que revisa bien los envases de leche, escoge el producto que más se adapta a tus necesidades y no te dejes engañar por publicidades sin ninguna evidencia científica. Si consumes, por ejemplo, leche con omega 3 para bajar el colesterol, ¿no te has parado a pensar que igual has de cambiar alguno de tus hábitos alimentarios e incorporar a tu dieta más pescado azul, pudiendo realizar una acción más beneficiosa para la salud?

Los mejores alimentos funcionales son las propias materias primas sin procesar. Escoge qué es lo que mejor te conviene.

 

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2 comentarios

  1. Interesante conocimiento, si tienes amigos veganos y vegetarianos que impiden que sus hijos tomen leche y otro producto derivado. Es bueno tener a mano los avances científicos y luego de decidir una alimentación completa para los hijos sin llegar a forzar un estilo de vida, hasta que se sea consciente del mismo.

    Gracias profesora Tamayo.

    1. Hola, Guisela. Gracias por tu aportación. Efectivamente, hay que tener especial cuidado con la alimentación de los niños ya que necesitan unos nutrientes específicos.

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